sábado, 22 de octubre de 2011

los amores sin sexo

nos encanta clasificar, definir y separar, somos propensos a diferenciar entre amor, sexo y amistad, cuando en realidad todo es lo mismo: los humanos establecemos relaciones afectivas de diferentes intensidades y grados. Lo que sucede es que nos agarramos a las etiquetas y tendemos a colocar a una en un plano superior al resto de las etiquetas. Es por ello que al jerarquizar afectos confiamos más en la solidez de una relación amistosa que de una relación erótica de carácter esporádico; y por eso valoramos más a los amigos y amigas que a los amantes con argumentos como "los amantes van y vienen, pero los amigos permanecen".

Quizás amar agarrando el instante sea la forma más auténtica de amar; luego todo lo demás, como el deseo de establecer un compromiso emocional, es futuro, son hipótesis que se convierten en metas. Este deseo de huir del futuro, y desconectar espiritual y sentimentalmente cuando se vuelve a la realidad, sirve para no complicarte la vida, para evitar sumirte en contradicciones internas, para no sufrir si no somos correspondid@s. El bloquear las emociones nos evita tener que dar explicaciones, pero en su forma más extrema, la libertad total se traduce, en términos prácticos, en soledad total. Y la soledad nos aterra.

Tendemos a separar acto sexual y fusión de almas como si lo primero fuese físico y lo segundo fuese espiritual, empobreciendo nuestras relaciones eróticas, al mutilarlas de su dimensión afectiva,vivir una conexión íntima y profunda con alguien nos sirve para defendernos del torrente de emociones que se desatan cuando nos dejamos sentir.

que de estas dicotomías entre sexo sin amor/sexo con amor, amistad/amor, pareja/amante, etc surgen un montón de hipótesis teóricas, como la idea de las represiones sentimentales posmodernas, que tienen mucho que ver con el miedo o el ego. O, también, la posibilidad contraria: establecer una relación muy fuerte con parejas con las que no tenemos sexo, de modo que el erotismo quede en un tercer plano para poder crear alianzas más profundas en otros niveles.


Los amores sin sexo serían, por ejemplo, aquellos que existen en matrimonios de más de 30 años de convivencia en el que aunque ya no comparten cama persisten los hábitos de la rutina en común, y el cariño. O dos ex que han logrado eliminar la tensión sexual (o al menos trabajan por evitarlo) en pos de una relación amistosa, profunda, llena de cariño. O los amores a distancia con gente con la que no podemos, pero querríamos estar. O los amores de una hetero y un homosexual, de una lesbiana y una hetero, de una lesbiana y un homosexual, de una lesbiana y un hetero...

Serían amores sin sexo los que tenemos con determinados amigos a los que adoramos con locura y con los que compartimos afinidades y cierta cotidianidad. A veces se nos podría pasar por la cabeza enzarzarnos en un loco abrazo pasional, pero nos frenamos en nombre de la amistad y en el miedo a que todo cambie tras compartir placeres.

Las razones por las que no existiría el sexo en el seno de estas relaciones íntimas son muy variadas. En la mayoría de los casos sería la falta de atracción sexual. En otras, un ejercicio constante de represión en pos de una relación armoniosa y equilibrada, un deseo de tener una relación igualitaria no basada en la dependencia, alejada de los sufrimientos de la pasión.

Y es que el sexo complica muchisimo las relaciones humanas, ya que vuelve opaco lo transparente. El sexo dispara unas emociones de carácter ancestral que nos sacuden los cimientos y nos descolocan, lujo que no podemos permitirnos si no queremos romper nuestra frágil estructura vital y familiar. Y es que necesitamos controlar estas emociones para que no nos puedan, para que no nos impidan ir a trabajar o concentrarnos en nuestras tareas, para que no nos desestabilicen, para que no nos destrocen la rutina del día a día.


Debido a que otorgamos a la amistad dones como la inmortalidad, la autenticidad, o la armonía, creo que nos aferramos a ella como fuente absoluta de estabilidad. Y pensamos en el sexo como algo sucio que va a destrozar esa estabilidad. Por eso es habitual que la gente declare preferir no "cagarla", que es una palabra de uso común para expresar cómo al eliminar la represión y dar paso al deseo, nos estamos "cargando" una relación bonita que antes era perfecta y ahora se ha emborronado con las oscuridades del deseo. Y cuanto más grande es el remordimiento, más se agranda el deseo; ya saben, lo de lamentarse con el no deberíamos cuando estamos deseándolo. Y es que la represión generalmente crea el efecto contrario a sus objetivos iniciales; no es fácil sostenerla durante mucho tiempo sin acabar sucumbiendo a su poder.

A pesar de ello, son muchos los amantes que no quieren bajar de su pedestal platónico para vivir su historia carnalmente. Hay gente que se ama toda la vida sin apenas verse o tocarse, porque se alimenta de imaginaciones y recuerdos, de breves comunicaciones, de silencios compartidos. También están las relaciones con los amigos y amigas más íntimos, que son a veces para nosotras grandes amores a los que no queremos perder nunca. Y una forma de tener siempre a una persona es no poseerla jamás. Por eso distinguimos entre la gente con la que establecemos vínculos más sólidos y duraderos que los del erotismo, y gente con la que disfrutamos de una loca e irresponsable lujuria sabiendo que está prohibido, que es imposible o que durará lo que dure la atracción sexual.

En cambio, las relaciones amorosas que permanecen dentro de los cauces de la amistad, al estar basadas en la libertad (la familia te la imponen pero los y las amigas se eligen), son relaciones que construimos nosotros a base de generosidad, comunicación, experiencias comunes, recuerdos compartidos, proyectos en marcha. La amistad muchas veces se idealiza en mayor medida que las relaciones amorosas de pareja porque ofrece una estabilidad e incondicionalidad que no se consigue a través de nuestros encuentros sexuales con la gente.

la gente que no tiene pareja es invitada a reuniones, cenas, fiestas etc en la que todo son parejas y se hace más evidente la soledad (elegida o no) de los solteros y las solteras. En los actos sociales, bodas, entregas de premios, cenas de navidad etc. se remarca mucho la soltería porque los espacios y la estructura del evento están hechos para las parejas heterosexuales

es cada vez más común que establezcamos alianzas de cariño y ayuda mutua para hacer frente a la soledad con personas con las que no establecemos vínculos eróticos, sino afectivos

Lo mejor sin duda de estas relaciones intensas en el que el cariño fluye bidireccionalmente sin agotarse, con toda la libertad para estar y para no estar, y la posibilidad de tener otras amigas y amigos con los que compartir cosas diferentes. No existe la posesividad, ni el misterio, ni el miedo a perder a la otra persona, porque no exigimos fidelidad ni permanencia las 24 horas del día, no exigimos que el otro colme todos nuestros deseos y expectativas y la comunicación fluye más libre y sincera que en el seno de una pareja tradicional.

Lo mejor de los amores sin sexo es que puedes hablar todos los días por teléfono o tirarte tres semanas sin hablar; y no pasa nada. Puedes irte con ellos o ellas de vacaciones, o no, dependiendo si te apetecen las mismas cosas o si a cada una le tira un sitio diferente. Puedes rechazar una invitación al cine si estás perezosa en casa porque no pasa nada; los amigos entienden que no te apetezca salir y normalmente no hay siquiera que dar explicaciones.

Además de toda esta carga de complicidad y sinceridad mutua, creo que los amores sin sexo sufrirían en mucha menos medida las luchas de poder que atraviesan, en general, las relaciones humanas. A los amigos y amigas se les disfruta como son, no se les trata de dominar, ni de modelar, ni se les juzga porque se les quiere tal cual. Cuando la gente se quiere tal y como es, se ama también la libertad y los espacios y tiempos privados de la persona. Así es fácil que nuestro amor amistoso se sienta atraído por nuestra libertad y que no quiera acabar con ella, sino compartirla.

Y es que así es la posmodernidad: llena de hipótesis y propuestas de convivencia, abundante en ofertas de modelos eróticos y amorosos, voluntariosa en su afán por destruir lo antiguo y dar paso a la búsqueda de diferentes modos de relacionarse alejados del patrón tradicional. En esas construcciones unos follan mucho y otros no follan nada, pero sentir, sentimos todos, aunque sea en diferentes grados. Al fin y al cabo, huyamos de los sentimientos o nos arrojemos de cabeza a ellos, nuestro cuerpo sigue siendo una máquina de captar sensaciones y producir emociones, sobre todo cuando nos relacionamos con los demás. Por eso salimos de nuestra soledad individualista buscando gente, tendiendo redes, enlazando cables, construyendo puentes.

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